El tema penitenciario, la criminalidad y la pena capital en la Republica Dominicana son temas muy amplios. Grandes preferidos para tesis de grado en las facultades de derecho en las Universidades de nuestro país. No es nuestro interés escribir una tesis, ni es este artículo producto de una profunda investigación, sino más bien un breve ensayo que quizás continuaremos luego. Es principalmente un intento de abrir un debate sobre estos temas. Entendemos que existe una gran necesidad de que eventualmente se elaboren y ejecuten políticas efectivas. El objetivo fundamental es plasmar algunas ideas generales sobre estas problemáticas.

Con frecuencia escuchamos de los casos que se están presentando con lamentable frecuencia de linchamientos en los barrios. Y escuchamos como muchas personas reciben las noticias de un nuevo linchamiento con alborozo, regocijo y satisfacción. Otros simplemente actúan con desidia y apatía: “Un ladrón menos”.

Cada uno de estos casos es recibido por nosotros con la más profunda tristeza, porque entendemos las implicaciones de estos incidentes en plenitud. Y no es necesariamente la vida de esos “alegados delincuentes” la que más nos preocupa, ni siquiera la de sus familias, sino la de las personas que se involucran en esas acciones. Muchos no entienden que cuando una persona se involucra de forma activa en un linchamiento se degrada y degenera. Y no es que no entendamos que esos actos son consecuencia de la impotencia y la frustración de la gente ante la incapacidad de las autoridades de proporcionar seguridad a la población, el punto es que ese tipo que le da una golpiza aun “ladrón”, que le da un machetazo, que le da un batazo, luego encuentra muy fácil hacer lo mismo con alguien que no sea un “ladrón”. Es un asunto innegable. El policía que mata tres ladrones mata a cualquier otra persona que no lo sea igual de fácil, porque al participar en este tipo de actos de violencia, la persona degenera.

Es a la sociedad que esto daña de forma principal.

Está también la discusión filosófica. No estamos de acuerdo con los castigos físicos o corporales, con la tortura ni con la pena de muerte. Además de las obvias razones cristianas, que entendemos no son validas para los no cristianos, está la que posiblemente sea la razón más poderosa, si es posible: No funciona.

Una sociedad no puede al mismo tiempo plantear que matar esta mal y luego ella misma matar. Hay una contradicción que el subconsciente percibe, hay un problema de consistencia, de coherencia; que no permite que el mensaje llegue como un mensaje genuino.

Les ponemos aquí algunas pruebas de que la pena de muerte no funciona.

1. De 1976 a 1996 las ejecuciones en Estados Unidos aumentaron de 0 a más de 50 por año. La tasa de homicidios se mantuvo estable. (“Facts about deterrence and the death penalty”)
2. En 1998 una investigación de la ONU concluyo de la siguiente forma “Este estudio no pudo demostrar científicamente que las ejecuciones fueron un factor más efectivo que la cadena perpetua para evitar el crimen”
3. En 1996, los Estados en Estados Unidos con pena de muerte tenían un promedio de homicidios de 7.1 por 100,000. Los Estados sin pena de muerte tenían 3.6. (“Facts about deterrence and the death penalty”)
4. En 1980 un estudio de homicidios en Nueva York encontró que en los meses siguientes a una ejecución el promedio de homicidios subía (“Death Penalty,” American Civil Liberties Union)
5. La tasa de homicidios en Canadá ha bajado 27% desde la abolición de la pena de muerte para crímenes comunes.
6. La división uniforme de crímenes del FBI determino que en ningún Estado el número de homicidios se redujo luego de la aprobación de la pena de muerte. De hecho, los Estados con la pena de muerte tenían niveles más altos de homicidios.

Ya está más que probado que la violencia engendra violencia y que la mayoría de los delincuentes lo son como consecuencia de fallos de las sociedades. Personas abusadas, maltratadas, marginadas o mal formadas son las que más frecuentemente terminan en las cárceles.

La sociedad debe idear programas en los que a esas personas, en la medida de lo posible, se les den condiciones, no meramente humanas, sino condiciones en las que esas personas tengan contacto con el arte, con la belleza, educación, re-habilitación genuina, formación laboral y vocacional. Y aun esas personas que no sean aptas para regresar a la sociedad nunca lo que merecen no es un castigo, sino un trato bueno como compensación del fallo que como sociedad tuvimos con ellos. Es nuestro fracaso. A los re-habilitados, no abandonarlos, sino darles seguimiento.

Podrán decir lo que quieran, pero la realidad es que está demostrado que los programas reactivos no dan resultado. Solo hacen que los delincuentes sean cada vez más violentos…

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